La cuarta dimensión en torno al tiempo

¿Cuánta verdad hay en nuestra incapacidad de manipular el tiempo? Quizás todo el mundo escuchó historias de ciencia ficción acerca de máquinas del tiempo, que hacen a sus protagonistas volver al pasado o conocer el futuro.

 «Besso se me ha adelantado algo en abandonar este extraño mundo. No tiene la menor importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre ayer, hoy y mañana no es más que una ilusión».

La frase anterior es el extracto de una carta escrita nada menos que por el físico más popular de la historia moderna, Albert Einstein, a la familia de un colega recién fallecido. No es para menos que se cite a Einstein cuando se habla del tiempo, ya que fue el hombre que hizo corriente el concepto de «tiempo» como cuarta dimensión.

Unos años después de que el relativismo (teoría postulada por el físico en cuestión) saliera a la luz en la segunda década del siglo pasado, los científicos comenzaron a tomar al tiempo como una dimensión indefectiblemente unida a las tres dimensiones espaciales que ya conocemos. Es decir, toda la comunidad científica ha desechado la idea de tiempo como una simple circunstancia o algo ideológico, para enmarcarlo dentro del reino de lo material. Entonces ¿Cómo podría representarse gráficamente esta «gran malla cósmica»? No es tan difícil si entendemos que continuamente nos estamos desplazando por aquella dimensión. Incluso cuando estamos sentados, durmiendo o completamente inmóviles. Hasta una roca «camina» continuamente en el tiempo. Generalmente nuestro cuerpo se mueve en la dirección espacial que nosotros le ordenamos. Sólo con desearlo nos quedamos quietos dentro de este espacio físico que conocemos. Pero por más esfuerzos que usted haga en quedarse estático, el tiempo lo llevará sin prisa pero sin pausa en una determinada dirección que no puede percibir. Es como ir dentro de un carro en una pendiente, sin poder hacer nada para detener el avance del carro.

Pero, ¿cuánta verdad hay en nuestra incapacidad de manipular el tiempo? Quizás todo el mundo escuchó historias de ciencia ficción acerca de máquinas del tiempo, que hacen a sus protagonistas volver al pasado o conocer el futuro. De hecho, los físicos han estado buscando desde el siglo pasado la forma de romper con la constante que hace a la humanidad estar atada siempre al presente. La verdad es que el resultado esperado de muchos experimentos en el área ha sido mínimo, cuando no, nefasto. También hubo fraudes (ver experimentos en recuadros). Tal vez llegue el día en que el hombre pueda desplazarse a su albedrío por las distintas épocas de la historia, o tal vez nunca podamos manipular el tiempo.

A pesar de la lejana pero soñada tarea de construir una máquina del tiempo, existe otra posibilidad que muchos científicos han arriesgado a exponer, y es que la conciencia del hombre pueda echar un vistazo hacia el pasado o el futuro. Estas capacidades son reconocidas como reales dentro del mundo de lo paranormal desde hace décadas con el nombre de «precognición» y «retrocognición», y son las capacidades de ver el futuro y pasado respectivamente. Para comprender mejor esta cualidad tan polémica que algunas personas parecen poseer, tomemos un ejemplo clásico: imaginemos que vivimos en un universo bidimensional, tal como una hoja de papel, en la que nuestro desplazamiento pueda realizarse sólo dentro de esa hoja, y no podamos «salir» de ella. Pero supongamos que esta hoja (el universo) pudiera desplazarse en forma vertical, como a lo largo de un túnel cuadrado. De ser así, cuanto más se desplace la hoja en una de las direcciones, más adelante en el tiempo nos encontraríamos, y cuanto más se vaya en sentido contrario, más jóvenes seríamos. Probablemente, debido a que nos encontramos dentro de un plano, sería muy difícil imaginar una «tercera dimensión» en la que se halle el tiempo. Pero un observador universal que pudiera situarse lejos de esta escena podría apreciar no sólo una hoja (universo) desplazándose a lo largo de un túnel, sino tal vez una dimensión francamente sólida con forma de túnel, como si la hoja que se desplazara estuviera presente en cada tramo de su recorrido, tanto en el pasado como en el presente y futuro. Es decir, una pila de hojas verticales tan fuertemente unidas que fuesen una sola cosa: «un tiempo sólido». Entonces, una persona sería como un punto inserto en un enorme tubo de gelatina, en un plano llamado «presente». Justo un punto por delante de esta persona se encuentra otra persona (ella misma), inserta en un plano (otra hoja) llamado futuro. Y, siguiendo la lógica, la misma persona se encuentra un punto detrás en el plano «pasado». Volviendo al observador cósmico, aquel que puede ver las cosas desde afuera, él podría ver la vida entera de una persona fácilmente, ya que el pasado de la persona existiría simultáneamente con su futuro. En realidad no se podría decir dónde empieza su pasado o su futuro porque todo sería una misma cosa. Haciendo un esfuerzo exagerado, una persona tal vez podría cambiar pequeñas cosas en su vida, lo que significaría modificar esa gelatina en la que está inmerso, pero obviamente no podría cambiar los grandes sucesos que están más adelante, porque el destino estaría escrito. Si el observador cósmico pudiera alejarse aún más, podría ver cómo se suceden generaciones de humanos. Si se alejara más y más, tal vez podría ver el auge y la decadencia de una sociedad entera, de la humanidad, o grandes cambios cósmicos como el nacimiento y muerte de galaxias.

Es muy difícil que nuestro cuerpo físico rompa el tejido cósmico espaciotemporal, pero muchas personas afirman poder ver una dimensión en la que el pasado y futuro coexisten.

Es decir, sus conciencias a veces pueden jugar el rol de estos «observadores cósmicos» de los que hablamos. A pesar de todo, no podemos afirmar rotundamente que la gelatina temporal no pueda alterarse. La máquina del tiempo de Chernobrov y muchos otros experimentos de los que pudieron extraerse algunos escasos datos, tuvieron el fin de traspasar la barrera del tiempo. ¿Lo logró alguno de ellos? Por el momento no lo sabemos con certeza. Tal vez no sea posible que una partícula material viaje desde un punto a otro de la dimensión en la que el tiempo es una constante.

Los científicos afirman que esto sólo es posible cuando esta partícula ha superado la velocidad de la luz en su desplazamiento. Pero como la teoría de la relatividad explica, existe el inconveniente de que a velocidades cercanas a la de la luz, un objeto incrementaría tanto su masa (comenzaría a tomar tamaño como un globo que se llena de agua) que sería imposible que alcance la barrera de la luz. Claro que el ingenio humano nunca cesa de desafiar las normas del Cielo: desde hace tiempo la astronomía ha propuesto que se pueden recorrer distancias astronómicas en un abrir y cerrar de ojos mediante el uso de unas deformaciónes del espacio-tiempo que existen en el espacio sideral llamadas «agujero de gusano». Pero, claro, esa es historia «futura».

La máquina del tiempo de Chernobrov

El científico ruso Vadim Chernobrov y su equipo llevaron a cabo varios experimentos relacionados con máquinas del tiempo, para lo cual usaban dispositivos de bombeo electromágnetico. Chernobrov comenzó con sus proyectos en 1987 y llegó a alterar levemente el tiempo mediante un impacto magnético especial. El retraso más grande del tiempo fue de un segundo y medio dentro de una hora de operación del equipo en laboratorios.

En agosto del 2001, Chernobrov creó un nuevo modelo de máquina del tiempo en un bosque cercano a Volvogrado, Rusia, que funcionaba con baterías de auto, aunque tenía baja capacidad. Registraba el cambio de tiempo con osciladores de cristales simétricos y lograba alterar el tiempo en un tres por ciento del tiempo en que funcionaba. Chernobrov y sus colaboradores permanecieron varias veces en al campo de influencia de la máquina. El investigador ruso dijo que en ese campo de acción, él y sus colegas sentían vida “aquí” y “allí” al mismo tiempo, como si se desplegara algún espacio extra. También dijo «No puedo describir las emociones insólitas que experimentamos en tales momentos».

Por Leonardo Vintiñi 

 

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