Padres alertan que sus hijos están siendo sometidos a adoctrinamiento transgénero

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Unos padres recogen a sus hijos en Chicago, Illinois, el 1 de marzo de 2021. (Scott Olson/Getty Images)

La historia de tres madres

En Estados Unidos, el fuerte aumento del número de niños que se identifican como transgénero ha alarmado a algunos padres. Mientras estas cifras crecen rápidamente, tres madres comparten las señales de advertencia del adoctrinamiento transgénero.

El aumento de las cifras de niños transgénero

Un estudio realizado por la Academia Americana de Pediatría publicado en mayo de 2020 mostró que casi el 10 por ciento de los estudiantes de secundaria en un solo distrito escolar se identificaron como de género diverso. Esa cifra del 10 por ciento es mucho más alta que las estimaciones anteriores, como una encuesta del gobierno de 2017 de los estudiantes de secundaria de Estados Unidos, en la que solo el 1.8 por ciento dijo que se identificaba como transgénero. Mientras que algunos estudios sugieren que la mayor tasa de suicidios e intentos de suicidio entre los niños transgénero está relacionada con la no afirmación, otras investigaciones muestran que la mayor tasa de suicidios e intentos de suicidio entre los adolescentes con disforia de género está más relacionada con su historial conocido de otros diagnósticos psiquiátricos y problemas emocionales y de comportamiento autodiagnosticados. Aunque el estudio llamado The Trevor Project —muy citado por quienes impulsan el enfoque de la afirmación para evitar las autolesiones— muestra que un número significativo de jóvenes transexuales admite el consumo excesivo de drogas y alcohol, el estudio no exploró ni proporcionó ninguna estadística sobre la preexistencia de otros diagnósticos psiquiátricos o problemas emocionales y de conducta, autodiagnosticados entre los participantes.

Las vulnerabilidades sociales/mentales

Aunque cada una de las tres familias de esta historia procede de entornos diferentes y vive en estados distintos, cada uno de sus hijos transgénero recién autoidentificados tiene algunas cosas en común. Todos tienen la misma edad, tienen dificultad para socializar y a todos se les ha diagnosticado algún tipo de trastorno social o psicológico.

Vera Lindner, de Los Ángeles (California), dijo a The Epoch Times que “la bomba trans cayó” en su mundo hace un año, cuando su hija tenía 14 años. A su hija, que ahora tiene 15 años, le habían diagnosticado el síndrome de Asperger y el trastorno por déficit de atención. Sufre depresión, ansiedad, resistencia a la insulina y obesidad. A su hija también le diagnosticaron el síndrome del ovario poliquístico (SOP).

Dee, de Clover, Carolina del Sur, tiene una hija de 17 años que fue adoctrinada a los 15. A su hija se le ha diagnosticado un traumatismo previo a la adopción.

Una madre preocupada de Augusta, Georgia, que es madre soltera, habló con The Epoch Times bajo la condición de anonimato utilizando el seudónimo de Mary. Ella dijo que su hijo se declaró transgénero en noviembre de 2020. Aunque no se le ha diagnosticado formalmente ningún trastorno específico, ella “le hizo pruebas cuando era más joven para saber si estaba en el espectro [del autismo] y estuvo en la zona gris”.

“No podían decir ni que sí ni que no”, añadió Mary. “Siempre se le ha dificultado socializar y es extravagante”.

Cómo empezó

Otro punto en común es la forma en que cada niño se vio arrastrado por el camino de la transexualidad. Todo comenzó con conexiones en internet que los introdujeron en el mundo transgénero a través de varios grupos de redes sociales.

La transformación en transgénero de la hija de Vera comenzó cuando empezó a identificarse como lesbiana y empezó a ver muchos vídeos de YouTube como “¿Cómo son las lesbianas?” y “¿Quién es la ‘más lesbiana’ de esta alineación?”. Luego vino el “amor no correspondido por una chica marimacho-lesbiana que fue la primera en autoidentificarse como ‘chico trans’”.

“Este individuo era el líder del grupo, muy agresivo”, explicó Vera. “También, muy conocedor de la tecnología”. El “chico trans” creó múltiples grupos de Discord para el grupo en el que se había introducido su hija, con canales como “vent”, “general”, “arte”, “LGBT” y, específicamente, “NSFW”, donde publicaban desnudos masculinos y pornografía para que los vieran los demás.

Según el Urban Dictionary, “NSFW” es “jerga de Internet” para “No es seguro para el trabajo” y se “utiliza para un fandom de algún tipo cuando la gente quiere discutir y compartir el lado sexual y porno del fandom”.

“Al mismo tiempo”, añadió Vera, “todos se metieron en TikTok e Instagram y empezaron a ver contenido relacionado con lo trans: jóvenes adultos narcisistas y estúpidos que publican material podrido en estas plataformas”.

La temática de estos posteos se centraba en cosas como “eres trans si…”, “has estado interpretando un papel de chica todo el tiempo pero no eres una chica” y planteaba preguntas como “¿te sientes una chica?”.

Para la hija de Dee, todo empezó cuando “una amiga que había decidido que era trans un año antes la llevó al conocido agujero y le enseñó cómo vestirse” y la expuso a la pornografía lésbica.

A través de las plataformas de redes sociales Instagram, Tumblr, Reddit, Pinterest, YouTube y TikTok, su hija vio videos sobre “hombres trans” y “cómo conseguir testosterona”.

Al igual que las hijas de Vera y Dee, el hijo de Mary pasaba horas en las redes sociales consumiendo pornografía dura y gráfica que le enviaba su nuevo grupo de compañeros trans en internet y que evadía los controles parentales clasificando el contenido como “dibujos animados”.

La transformación drástica

Cuando la hija de Vera estaba en octavo curso “estaba tan obsesionada con el colectivo LGBT que era incapaz de hablar de otra cosa que no fuera LGBT” y “pasó cíclicamente por las orientaciones de lesbiana, pan, queer, hasta que finalmente soltó la bomba trans poco después de cumplir los 14 años”. Poco después, “se cortó el pelo, empezó a llevar ropa de chico, compró ropa interior masculina” y “exigió un binder”. También quería conseguir un “suplemento de Amazon para aumentar la testosterona”, que se negó a comprar para ella, y acudir a un “médico de género”, al que se negó a llevarla.

La hija de Dee había sido una vez una niña “feliz, que parecía adaptarse y madurar” y que “sobresalía académicamente». «Rápidamente se convirtió en “desobediente, contenciosa, despectiva y mentirosa”.

Antes parecía una chica adolescente normal, ahora “se presenta como un chico que viste colores oscuros, sudaderas con capucha y ocasionalmente lleva un binder” y se ha “cortado su hermoso cabello e intenta hacerlo pasar con una coleta de hombre”.

Mary dijo que estaba sorprendida por el anuncio de su hijo de ser transgénero, ya que no había “ningún comportamiento previo que indicara nada de esto».

Al igual que con la hija de Vera, el hijo de Mary se “obsesionó con hablar de temas trans”. Dijo que “todas las conversaciones giraban en torno a ello” y “exigía bloqueadores de la pubertad y terapia de sustitución hormonal”.

Mary dijo que la transformación de su hijo comenzó después de que “encontró amigos que también se declaraban no binarios y transgénero y empezaron a darle ‘su vieja ropa de chica’. Rápidamente pasó de llevar falda “cautelosamente” a “travestirse por completo” y “se volvió notablemente irritable y grosero”, una característica que, según ella, era “extremadamente fuera de lo normal” para su hijo. Durante un episodio maníaco, dijo que su hijo comenzó a gritarle que lo mirara para reconocer que “ahora es una chica”.

“Fue muy perturbador y aterrador”, dijo.

La lucha por recuperar a sus hijos

Como su hija “estaba pasando por una crisis mental al soltar la bomba trans”, Vera y su marido decidieron no quitarle los dispositivos electrónicos. Para mitigar la influencia destructiva de las redes sociales, purgaron sus cuentas de todos los contactos transgénero. También dejaron de enviar a su hija a su terapeuta, que había empezado a “hablar casualmente de la testosterona y a fomentar la transición”.

El síndrome de ovario poliquístico de su hija se está tratando con medicamentos y tiene un régimen diario de ejercicio ligero. Ha empezado el décimo curso en una escuela subvencionada y está haciendo nuevos amigos. Sin embargo, la terapia que ha tenido un impacto más positivo en su hija ha sido el voluntariado en granjas familiares.

“Adora los animales”, dice Vera, “así que adoptamos dos gatitos además del perro que trajimos. Estar rodeada de animales y de gente amable la ha ayudado a recuperar su autoestima. También salimos a pasear a diario. Su depresión está mucho mejor, ha remitido definitivamente. También lo está el trastorno alimentario. Aquí, está conectando con seres humanos reales y escuchando sus historias de la vida real”.

Para Dee —porque “se comparten demasiadas cosas en la preparatoria durante el almuerzo y los descansos”— la supervisión por parte de los padres de sus cuentas en las redes sociales, un trabajo de verano, un aumento del trabajo voluntario para alejarla de las redes sociales y nuevos círculos sociales solo han tenido mejoras mínimas en el comportamiento de su hija. Pero no se rinde.

Temerosa y abrumada por los cambios repentinos en su hijo, Mary tomó la decisión de enviar a su hijo a quedarse con su padre. Durante esas tres semanas, empezó a indagar en su historial en Internet y se produjeron muchos cambios. Desde que su hijo volvió de casa de su padre, le ha quitado los dispositivos electrónicos y tiene tres niveles de control parental en su teléfono. Utiliza las apps Circle y Bark para supervisar el tiempo de pantalla del teléfono y comprueba frecuentemente con su proveedor de Internet los controles que éste proporciona. A pesar de sus esfuerzos, dice que su hijo todavía se las arregla para encontrar “un montón de [contenido] gender bender en rincones oscuros de internet”.

“Su actitud es ligeramente mejor”, dijo. “Le he llevado a un nuevo terapeuta que no es afirmativo. Sin embargo, no estoy segura de cuánto ha ayudado hasta ahora. El anterior terapeuta era terrible y hacía que las cosas fueran de mal en peor con el modelo de afirmación ciega”.

Sus mayores temores

Vera teme que los Servicios de Protección de Menores se lleven a su hija porque “no la afirma”. También teme que su hija se vea influenciada por sus amigos para tomar hormonas o, peor aún, para someterse a cirugías irreversibles. “Ha hecho enormes progresos en la recuperación de sus enfermedades mentales y no quiero que retroceda”, dijo Vera.

“Y temo que se aferre a su familia ‘reluciente’ y se aleje de nosotros”, confesó.

Mary, en Georgia, también teme que su hijo “comience a medicarse cuando cumpla los 18 años” y que “arruine su cuerpo y su vida en busca de la felicidad que se le promete” pero que “solo resultará en su ruina mental y física”.

“Se convertirá en un paciente para siempre de la industria farmacéutica y médica y reducirá su grupo de citas a la nada y estará solo”, se lamenta.

¿Quién tiene la culpa?

Aunque se autodenomina demócrata liberal de toda la vida, Vera culpa al expresidente Barack Obama “que fue comprado con el dinero de los travestis millonarios” y a los liberales “que repiten como loros los eslóganes trans” y “permitieron que esta ideología se infiltrara tan profundamente en la sociedad y las familias estadounidenses”.

Culpa a los “amigos que arrastraron” a su hija al mundo trans, y a los cierres de las escuelas que dejaron a los niños aislados en casa “pendientes de sus teléfonos todo el día para ser sumergidos en este culto”.

“Y me culpo”, confesó, “por no haber hecho una lectura profunda sobre todo este asunto trans hace años. Me sumergí solo después de que nos soltara la bomba trans, inesperadamente”.

Dee también culpa a “la amiga que arrastró” a su hija a esto, “y a las redes sociales, que utilizan algoritmos para meter la agenda trans en su mundo online”. También culpa a los tres terapeutas de su hija, “todos los cuales la afirmaron y la trataron como un unicornio especial”.

Principalmente, Mary culpa a la industria tecnológica.

“Ellos saben el peligro que supone esta tecnología para nuestra salud mental y la influencia que tiene sobre todo en los jóvenes vulnerables”, dice. “Les culpo por no tener muros más fuertes contra la pornografía cuando los niños pueden pulsar fácilmente un botón de ‘mayor de 18 años’”.

También culpa a la industria farmacéutica y médica, que “afirman ciegamente esto y promueven medicamentos y cirugías a los niños”, y a los terapeutas, que utilizan las estadísticas de suicidio para presionarlos a afirmar las decisiones irracionales de sus hijos, pero no piensan en la idea de que el niño puede lamentar profundamente esas decisiones y “quitarse la vida después de la transición”.

Los nuevos caminos requieren pasos sabios

Dos madres ofrecen algunos consejos. “A todos los padres abatidos a los que esto les ha tomado por sorpresa”.

Vera: “Lean toda la literatura posible, tanto la afirmativa como la que critica lo trangénero. Familiarícese con la propaganda y las mentiras para poder rebatirlas. Nada sustituye al conocimiento y la información”.

Mary: “Cortar la actividad electrónica/online, estar atentos a los controles parentales y a la vigilancia. Sea prudente y no se enfrente, mantenga las líneas de comunicación abiertas y fomente el pensamiento crítico. Déles todo el amor posible, pero también sea firme como padre. Llévelos al aire libre y a la naturaleza y al mundo, como por ejemplo a través del voluntariado, las actividades extracurriculares, si son lo suficientemente mayores, consiguiendo un trabajo”.

POR PATRICIA TOLSON

Fuente: The Epoch Times en español

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